No teníamos libro de instrucciones, jugábamos a princesas y princesos, me contaba sus "sucretos", nos pintábamos la cara de payaso, cantábamos y bailábamos la canción del cocodrilo, la vaca Lola y el anuncio de "flag golosina mi rico helado", veíamos una vez tras otra el vídeo de las "sigüeñas", la serie de Dora la Exploradora y los dibujos animados de Peppa Pig.
Poco después practicábamos la estatua subiendo por las escaleras mágicas, bailábamos por la calle la Fuente de Cacho, de repente nos enteramos que yo hacía magia así que le sacaba monedas de la barriga, aprendimos que los domingos por la tarde había en el campo vacas vestidas de vaca, que con katiuskas podías saltar sobre los charcos, que en río había cocodrilos rosas escondidos y ciempiés con calcetines de colores, que los cangrejos bailaban sevillanas cuando intentabas cogerlos y que los caracoles nos daban miedo. Que las nubes esconden ositos en el cielo, que en Mercadona venden nietas que se portan bien y que los helados se comen en cualquier época del año. Fueron cosas sorprendentes que descubrimos juntos.
Hacíamos zumo de vida con el tiempo, siempre nos gustó estar juntos, disfrutarnos, hemos jugado a ser moderadamente felices y ganamos, hemos intentado entendernos y lo hemos conseguido, intentamos querernos mucho y en eso estamos, aún no hemos acabado.
Ya es mayorcita, ha crecido pero seguimos en la línea, soldados por el hilo natural de la querencia y la complicidad, lo nuestro es de difícil amnistía, nos practicamos casi a diario el mutuo chantaje del querer y con el tiempo hemos adquirido una destreza de doctorado, aunque de nada nos vale a estas alturas en las que ya nos tenemos pillado el paso.
Sólo con mirarnos nos entendemos, incluso a veces nos aguantamos la mirada a modo de duelo a muerte, jugando a quién aguanta más sin sonreír o pestañear, nunca gana ninguno porque nos gusta mirarnos. Es una forma de leernos, una forma de querernos hasta el infinito y más allá..
Es Lucía. Mi nieta.


