Tengo una historia muy bonita que contar, una señal de esperanza que me hace pensar que en la vida aún queda gente con un corazón que no les cabe dentro, personas especiales.
En los años 70 vivíamos en San Sebastián, en un Cuartel de la Guardia Civil que se radicaba en el Barrio del Antiguo, en el Paseo de Hériz núm 17. Nuestro pabellón era el número 15 y justo en la puerta de al lado, en el 14, como vecinos teníamos a Isidoro, Carmen y sus dos hijos, Mari y Ricardo. Mari y yo somos de la misma edad, nos llevamos meses, como Ricardo con mi hermana.
Éramos unos vecinos con una relación normal dentro de la normalidad que la situación ambiental por no llamarlo odio que recibíamos sin saber aún el porqué, la antipatía social vasca hacia nosotros y el terrorismo de ETA nos marcaba pero que a la vez, motivaba una unión entre las familias del cuartel fuera de lo común. Algo extraordinario de disfrutar.
En Octubre de 1972 falleció Carmen por un derrame cerebral tras una operación, Mari entonces tenía 10 años y Ricardo 8. Mis padres lógicamente ayudaron a Isidoro haciéndose cargo en la medida de sus posibilidades, digamos que los adoptaron, en mi casa estaban, si había merienda para uno la había para los cuatro si no, para ninguno, mi madre enseñó a Mari a hacer la cama. limpiar o lo que fuere, se convirtieron en hermanos huérfanos de madre.
En el año 77 tuvimos que salir pitando de allí, y desde entonces, desde hace 49 años creo que nos hemos visto dos veces y escasas de horas en cada ocasión pero ayer, entre la marabunta de gente que se acercó a acompañarnos y despedir a mi padre, mientras conversaba con unos compañeros tuve una alucinación, vi a mis "hermanos" Mari y Ricardo subiendo la escalera frente a la sala del velatorio.
No me lo podía creer, salieron pronto de su localidad de residencia, recorrieron 560 kilómetros para estar con nosotros, despedirse de mi padre, asistir a su entierro y otros 560 para al terminar regresar a sus casas.
No pudimos aguantar la emoción, las lágrimas nos bañaron, mi madre no se lo podía creer, se le salía el corazón entre sollozos, mi hermana se partía en dos al verlos, era una situación que a todos nos pareció irreal, estaban allí. Frente a nosotros estaban Maricarmen y Ricardito, los niños a los que tanto quiso mi madre, los de Carmen e Isidoro. Mis hermanos postizos. ¡No era posible!
En la tragedia de perder a nuestro padre aparecieron los dos para darnos fe de que transcurridos tantísimos años aún se recuerdan a mis a mis padres de una forma muy especial, como sólo sabe hacerlo la auténtica familia, incluso más.
Lo que siento por ellos debe estar muy cerca del más puro amor y agradecimiento.
Tenia que contarlo porque es una bonita historia, algo que jamás podremos olvidar, en la vida.




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