19 marzo 2026

Manual de vida



La vida no te enseña, las cosas son como vienen y unas se solucionan, otras no. Cuando tus hijos vienen al mundo te ves invadido por su vulnerabilidad, esa indefensión tan bella que te monta en una montaña rusa de emociones a cada cual más contraria a la vez que hermosa. Los miras con orgullo por haber sido capaz de traer al mundo algo tan bonito, ilusamente hasta consideras tuyo el mérito. De la alegría al miedo, del mirar enamorado al temor nocturno de tener que comprobar si respira e incluso a despertarle cuando duerme para tranquilizar tu prioridad, es una rutina vital por las que pasamos todos y que el tiempo jamás borrará por lo bello de esos momentos.

Pasan los años y tus preocupaciones son las suyas y tuyos sus problemas, el alivio de sus inquietudes no vienen con el manual de instrucciones, pero se solucionan, simplemente se solucionan. Vienen los conflictos de la adolescencia, la frustración escolar, el desencanto de sus expectativas y tú como padre poco puedes hacer, sólo estar, pero se solucionan, no sé cómo, no aparece en el manual pero se solucionan. Las cosas tienen su curso natural y los padres no podemos cambiarlo, son como vienen, no tenemos varitas mágicas, no somos supernada, sólo padres. Nada de poderes sobrenaturales. 

La vida va corriendo y las cosas van viniendo. Anoche estuve con mi padre en un box de Urgencias del Hospital, ese hombre que yo veía como supermán, que lo arreglaba todo, que incluso una vez le vi solucionar un problema mecánico del seiscientos con un trozo de papel de plata de un paquete de Ducados, ese hombre del que todos me dicen que tanto me parezco, ayer casi no podía respirar, estuvo todo el día enchufado a un nebulizador, con unos esfuerzos ímprobos en cada bocanada. Un hombre con miedo en su expresión, sin voz y sin mirada.

Las cosas van viniendo solas y decía que no hay manual de instrucciones para ser padre, pero tampoco para ser hijo, es muy difícil digerir que tu padre no te conozca, no reconozca tu voz, no te mire, que ese Superman que todo lo arreglaba hoy apenas tenga masa muscular, ese ser corpulento, decidido y de carácter al que tanto dicen que me parezco hoy no pesa más de 45 kilos, pasa sus horas rumbado enchufado a un nebulizador e inhalando corticoides para poder respirar a duras penas. Es muy difícil, muy duro.

Nadie te enseña a superar la vida, mi padre de eso no debía de saber tampoco  porque me lo habría enseñado, como hizo para otras tantas cosas pero, las cosas son como vienen, no todas se solucionan y encima vienen sin manual de vida.



14 marzo 2026

Hoy es sábado.



Vamos a ver, no nos hagamos los estirados ahora que como nosotros había casos a porrillo,  mi familia era gente humilde y sin más posibilidades que las de sobrevivir que ya costaba... En los 60,  partiendo de la base que incluso en un principio hasta tuvimos que vivir un tiempo en una habitación de un piso compartido, nos duchábamos los sábados y sólo los sábados, era el periodo espacio-tiempo perfectamente calculado por la experiencia en el que las bolitas negras esas que crecían entre los dedos de los pies alcanzaban el tamaño máximo reglamentariamente permitido.

Lo de la ducha semanal no era una ceremonia tan fácil de realizar por una sencilla razón, porque en casa no teníamos ducha. Para ducharnos teníamos que usar la comunitaria, todos para una y una para todos. La deseada alcachofa en cuestión estaba en la planta de abajo, hasta donde había que bajar con la botella de butano al hombro si querías hacerlo con agua caliente, cosas de entonces, aunque también existía otra opción que era la de ir caminando hasta las duchas públicas que estaban en la calle Escolta Real cargado con la toalla, la muda, los calcetines y ropa limpia para volver a casa una vez aseado como dios mandaba. O mi madre en su defecto.

En mi pueblo ya era otra historia muy diferente, en casa de mis abuelos aún era peor, por no tener no teníamos ducha ni inodoro ni nada parecido, había que hacerlo en el corral, en la esquina del fondo a la izquierda teníamos una letrina, un agujero en el suelo vamos y nos bañábamos en un balde. Y ahora que lo pienso, por allí entraban y salían las gallinas como Pedro por su casa, mejor no pensar en ello. Son cosas de entonces y no me vengan ahora de estiraos que por entonces todos estábamos igual.

Y aquí estamos hoy, entras en el baño y con tres tipos de champús, dos de gel de baño y uno de ellos íntimo (será para contarle sus penas mi mujer), esponja exfoliante, otra de guante, jabón de manos, jabón para el bidé, papel higiénico de no se cuantas hojas, toallas de ducha, toallas de mano, toallas de bidé, toallitas húmedas, cepillos de dientes, cepillos interdentales, un bote de colutorio rojo, otro azul, 1 corta callos Beter, desodorante de spray, otro de bola, cuatro colonias... y la madre que me parió. Cosas de hoy, que por cierto es sábado. 

07 marzo 2026

La tragedia de El Bocal.



Cuando ocurre una tragedia como la vivida estos días en Santander con la muerte de seis jóvenes al caer despeñados en la pasarela de El Bocal se nos acongoja el alma y lo primero que instintivamente hacemos es ponernos en la piel de los padres, de los abuelos y no te digo nada si además eres y ejerces de padre y abuelo, no  me imagino dolor más inhumano que pasar por ello. No puedo.

A mí, durante mi carrera profesional me tocó pasar muchas veces, muchísimas, por el trago de comunicar a los familiares el hallazgo y posterior recuperación en la mar del cuerpo del que pudiera ser su familiar y no es fácil, no es algo a lo que te puedes acostumbrar, te llevas ese momento en el corazón y no es uno más aunque dentro de un mes venga otro, cada caso es un drama que no sustituye a otro, es un momento que marcará la vida de esa familia para siempre. Y a eso no se acostumbra nadie, yo tengo escenas de esas grabadas en mí para siempre y confieso haber derramado más de una lágrima a solas poco después.
 
Cuando pasan estas cosas piensas que no vivimos a conciencia, que no disfrutamos de la vida debidamente, que hay que saber vivir y te dices una y otra vez que tenemos que disfrutar de cada instante como si fuera el último porque cualquiera de ellos puede serlo, pero no es tan fácil, la vida es una puta mierda que a ratos puede ser maravillosa, pero sólo a ratos, la vida no te permite vivirla como quisieras y como se debería, primero porque el día a día del vivir no es fácil independientemente de que cada momento puede pasar lo nunca esperado y lo maravilloso del instante al segundo siguiente puede ser la más cruel de las vivencias. Así es de puta la vida.

No me gusta la expresión que "descansen en paz", nadie con veinte años está cansado de vivir, nadie con esa edad merece morir y nadie merece sufrir una pérdida tan horrible. Descanse en paz quién viva sufriendo, quien desearía dejar de vivir, quien su doloroso día a día no merezca ser vivido pero unos chicos de 20 años... 

Alguien muy querido para mí me dijo algo que ya la primera vez se me quedó grabado para siempre... "No pienso pensar" pero, es inevitable.


21 febrero 2026

Como cabras.


Evidentemente todo bicho viviente puede tener sus rarezas, aunque unos más que otros, hasta ahí todo normal pero es que cuando no nos habíamos repuesto del descubrimiento de que no sólo hay dos sexos si no que hay binarios, no binarios, cisgéneros, agéneros, bigéneros, de género fluido, pansexuales y la Virgen santa hasta setenta y cinco, pues ahora resulta que hay gente que camina por la calle a cuatro patas, llevan careta y cola de perro, cabra o guacamayo porque se sienten perro, cabra o guacamayo, identidad "Therian" creo que se llaman... la madre que me parió... no sé quién estará al volante de este mundo pero pa mi que se está pasando con la maríjuana. 

No basta con que haya gente "objetofílica" que se enamora y casa con una fregona, un botijo de barro, un volante de tractor o consigo mismo por el rito maorí en Palencia, otros que queden en un parque para pasear muñecos de goma en carritos de bebé y darles el biberón con masaje estomacal para los gases, que haya quien duerma y se excite sexualmente con las cenizas de su paisano muerto o ve tú a saber qué cosas a cada cual más rara.
 
Tanto desapego de la normalidad y tanta excentricidad no sabemos si será por afán de notoriedad o porque nos falta un hervor pero el caso es que los psiquiatras se van a forrar, siempre y cuando no sean de los que se sientan perro, cabra o guacamayo, se casen por el rito maorí consigo mismo, paseen bebés de goma en sillita por la calle o tengan dudas de pertenencia a cualquiera de los sesenta y cinco tipos de sexos existentes. Que tampoco me extrañaría.

Estamos como cabras.



03 febrero 2026

Tinta y calenturas..



Acabo de escuchar en el mentidero una crónica sobre los enseñantes y la enseñanza, las diferente dedicación de estudio a cada asignatura por países, los niveles entre Comunidades y tonterías estadísticas de esas que se inventan por rellenar los informativos.

Yo estudié el bachiller en el Instituto de la Albericia, era del año 77 al 80. Tiempos mágicos. Una de las asignaturas se llamaba dibujo lineal y geometría, para que luego digan que las manchas de tinta no se quitan... Usábamos una especie de grifos a modo de rotulador que se llamaban "Rotring" e iban del 0´1 al 0´5 de grosor, su usaban a pelo con regla, trasbordador, escuadra y cartabón o amarrados a un compás con un soporte específico para los trazos circulares. Pintábamos en un cuaderno espiral de hojas blancas, se llamaba "Cuaderno de Bocetos" y la mitad de las hojas al final del curso estaban lijadas con cuchilla de afeitar, única forma de borrar los manchones. Cuando se gastaba la tinta de los "rotrings" había que recargarlos y ahí es donde estaba el espectáculo, aquello era la escena de un crimen. Aprobaba pero nunca se me dio bien, es que no me gustaba ponerme pingando de tinta cada día.

Luego estaban los problemas de matemáticas de los malditos trenes de los cojones. El profesor era Coterillo y le debían de poner cachondo los putos problemas del tren que sale a las no sé qué hora de no sé dónde a 47 kms/hora y otro de otro lado a tomar por culo a las no sé qué y circula a no sé cuanto por hora, con un conductor zurdo y el otro con diarrea y había que averiguar en qué punto y a que hora se cruzarían. Que asco le cogí a Renfe, y cuando no, las sumas de equis, íes, pis y erres cuando la equis tiene al infinito. No sé cómo sobreviví a aquello.

Francés nos lo daba Carmen. Muy joven, estaba como un tren y lo sabía, lo que a nosotros y en aquella edad nos dificultaba enormemente la concentración. Cuando nos mostraba la debida colocación labial para la pronunciación del "bilou" o se colocaba de espaldas para escribir en la pizarra... a mi se me iba la olla. Sobresaliente, pero ella estaba de matrícula.

Ya en segundo, la cosa cambió, elegí letras puras. El primer año, en lengua y literatura me comí el sumo e insoportable petardo de "La Regenta" que nos impartía un bohemio de pacotilla, un tal Ventura. Todo un curso con la puta Regenta, un tocho infumable que te tenías que meter entre pecho y espalda si o si. Toda una prueba de supervivencia de tropecientas mil hojas, sin interlineado apreciable, sin un puto dibujito y letra pequeñísima. Yo impondría su lectura y análisis como pena accesoria para delitos graves.

Latín nos la daba un pirao, pero pirao declarado vamos, que no supuesto. Se llamaba Cueto, normalmente llevaba un calcetín de cada color, los pantalones por encima de los tobillos, gafas de cuilo-botella, andaba siempre con un portafolios bajo la axila y caminaba como Groucho Marx. Sólo uno aprobó el curso. Y no fui yo. En tercer curso me volvió a tocar y me volvió a suspender, tuve que cambiar de centro y tirarme un año sólo con latín de 2º y 3º por aquel pirao de los cojones. Aprobé sin problema.

Ya por entonces existían las horteras de la kufiya palestina, se llamaba Paloma y nos daba griego e historia del arte, un chollo, nos ponía el examen y se ponía a meditar mirando por la ventana. Como hay Dios. Todos de notable para arriba.

Y así entre manchas de tinta y calenturas a la francesa pasé el bachillerato y COU. Pa ná, pero lo pasé a pesar del dibujo lineal.


01 febrero 2026

La mirada del invidente.


Hoy hemos vuelto a practicar la mirada del invidente, había mucho material alrededor. Hoy me he levantado con ganas de cocido montañés así que...  no te olvides de vivir antes de morir. 

Mesa para dos. En frente tres personas comiendo, un padre separado con un niño de unos 9 años de edad, debe ser que le toca el fin de semana alterno, frente a ellos la abuela paterna, viuda puesto que lleva dos alianzas en el mismo dedo, por cierto la abuela tiene muy buen comer, se ha metido entre pecho y espalda dos platos de cocido de la virgen, un entrecot de reglamento con patatas fritas, la tarta de queso suya y la mitad de la del nieto.

A la izquierda, junto al mirador, un tipo mayorcete, soltero y por la pinta entero, probablemente funcionario jubilado, está y come sólo, lleva pantalón de tergal marrón, camisa azul bajo jersey de cuello pico rojo chillón y zapatos mocasines, vamos, lo que viene a ser un estilazo. Lo dicho, entero.

Por la derecha una pareja tipo "First Date" que bordea los 70, vestidos de los domingos, ninguno de los dos lleva alianza y ella va emperifollada para la ocasión. Habla, habla mucho, vamos que no se calla ni debajo del agua y el pobre sufridor ya no sabe para dónde mirar, estos son los que quedan para el fin de semana y luego cada uno pa su casa. Ella se cuida, ensalada de primero, merluza con más ensalada de segundo y no quiere postre. Si yo soy el camarero la echo del restaurante...

Los dos camareros del salón son sudamericano y la chica de la terraza también, las dos de la barra rusas, ucranianas o de por allí y la cocinera no sé, es que me daba palo asomarme... pero a tenor de lo comido, prefiero no saberlo, el cocido malo de cojones.

Ojos que no ven... ojos de invidente.

23 enero 2026

Lucía


No teníamos libro de instrucciones, jugábamos a princesas y princesos, me contaba sus "sucretos", nos pintábamos la cara de payaso, cantábamos y bailábamos la canción del cocodrilo, la vaca Lola y el anuncio de "flag golosina mi rico helado", veíamos una vez tras otra el vídeo de las "sigüeñas", la serie de Dora la Exploradora y los dibujos animados de Peppa Pig.

Poco después practicábamos la estatua subiendo por las escaleras mágicas, bailábamos por la calle la Fuente de Cacho, de repente nos enteramos que yo hacía magia así que le sacaba monedas de la barriga, aprendimos que los domingos por la tarde había en el campo vacas vestidas de vaca, que con katiuskas podías saltar sobre los charcos, que en río había cocodrilos rosas escondidos y ciempiés con calcetines de colores, que los cangrejos bailaban sevillanas cuando intentabas cogerlos y que los caracoles nos daban miedo. Que las nubes esconden ositos en el cielo, que en Mercadona venden nietas que se portan bien y que los helados se comen en cualquier época del año. Fueron cosas sorprendentes que descubrimos juntos.

Hacíamos zumo de vida con el tiempo, siempre nos gustó estar juntos,  disfrutarnos, hemos jugado a ser moderadamente felices y ganamos, hemos intentado entendernos y lo hemos conseguido, intentamos querernos mucho y en eso estamos, aún no hemos acabado.

Ya es mayorcita, ha crecido pero seguimos en la línea, soldados por el hilo natural de la querencia y la complicidad, lo nuestro es de difícil amnistía, nos practicamos casi a diario el mutuo chantaje del querer y con el tiempo hemos adquirido una destreza de doctorado, aunque de nada nos vale a estas alturas en las que ya nos tenemos pillado el paso.

Sólo con mirarnos nos entendemos, incluso a veces nos aguantamos la mirada a modo de duelo a muerte, jugando a quién aguanta más sin sonreír o pestañear, nunca gana ninguno porque nos gusta mirarnos. Es una forma de leernos, una forma de querernos hasta el infinito y más allá..

Es Lucía. Mi nieta.


22 enero 2026

El viejo cartero.



Hace unos años, cuando se escribían cartas, tú mandabas una a "El hijo de la Sra Andrea, que vive payá pa la mitá del Segundo Valle" y la carta llegaba. Correos era una Institución de la que presumir, pocas cosas en España funcionaban como Correos.

Nos han cambiado el nombre de la calle y hoy me he encontrado con éste cartel en mi portal en el que no me había fijado. En el mismo nos da un plazo de tres meses para notificar el cambio de nombre de la calle a todo Dios y que en caso de que a partir de tres meses nos llegue un a carta o envío con la antigua dirección se devolverá al destinatario. Cómo han cambiado las cosas...

Mi calle toda la vida de nuestro Señor de los Calcetines Blancos se llamó como se llamaba, ninguno teníamos ni puta idea que quien era el pavo ese ni nos importaba,  ahora resulta que era un militar super fascista de la muerte y nosotros sin saberlo y con estos pelos, menos mal que la rencorosa Ley de Memoria Histórica nos ha cambiado su nombre, ahora tenemos nombre de poeta. Qué peso nos han  quitado de encima, aquello era un sinvivir...

Pues vale, pues muy bien, pero resulta que hay que hacer un montón de trámites ante las entidades para notificar la nueva denominación y siempre se te puede escapar algún Organismo, entidad o qué sé yo y gran parte de mis vecinos son muy mayores, da igual, el caso es que dentro de tres meses a Correos se le olvidará que ésta calle se llamaba como se llamaba y como no sabrán cuál es pues devolverán las cartas y santas pascuas, lo mismo da que sea una cita médica para por ejemplo Cristina, una vecina mía de 90 años, como su marido Marcial o cualquier otro, que no hubiera notificado el nombre de la calle al Servicio Cántabro de Salud...

España está empezado a dar un poquitín de asco de cojones, se lo han cargado todo, Correos, Televisión Española, Renfe, Red Eléctrica de España, Aena, Indra, la Fiscalía... todo está podrido y huele a mierda desde lejos...

Al final vamos a echar de menos otros tiempos, aquellos donde todo era más humano y menos absurdo, los del viejo cartero.

16 enero 2026

Cosas de antes.



Cuando los hoy jubilados éramos pequeños se hacían cosas digamos que peculiares, es que no se me ocurre otra forma de llamarlas, por ejemplo, si te operaban de las anginas, que por cierto te las arrancaban a pelo, nada más salir te compraban un polo de hielo ¿?, si tenías que ir al médico te tenías que cambiar de calzoncillos si o si (aunque fueras al dentista), en los cumpleaños todos merendábamos lo mismo, la tarta de galletas con chocolate, hoy la llaman tarta "de la abuela" como si fuera un postre michelín tres estrellas. El día en cuestión llevabas caramelos para repartir en clase, eran de café con leche o como se conocían por entonces "toffe con leche de burra", pero caramelos de los de entonces, de aquellos que venían envueltos con lacito a cada lado y se pegaban a los dientes que no había forma de arrancarlos sino con el tiempo de disolución marcado por el fabricante. También había otros que eran muy duros, casi imposible de partir con los dientes y rellenos de piñones. Por cierto los primeros se derretían con el calor y entonces ya era imposible comértelos sin papel.

Sólo a partir del día que te afeitabas por primera vez dejabas de usar pantalones cortos, ese día salías a la calle mirando por encima del hombro con la piel irritada y apestando al Varón Dandy de tu padre. Se nos obligaba a ir a misa los domingos y al regreso a casa tu padre te hacía preguntas trampa para saber si habías estado. Si se te caía un trozo de pan al suelo tenías que persignarte y besarlo antes de comértelo, de no hacerlo te infectabas. Si comías más de tres dulces te salían lombrices por el culo y no podías engañarte contándolos porque luego te picaba el orto...

Todos éramos amigos del que tenía bici y siempre había alguno al que hacías un favor y le cambiabas tu bocadillo de salchichón por el suyo de chocolate, éste también tenía muchos amigos hasta después de merendar. Los chavales jugábamos al fútbol en cualquier lado, sólo hacía falta un balón, a las canicas, las chapas, las tabas, la peonza o al frontón con la pelota más codiciada que había, la verde de zapatos "El Gorila", aquella duraba toda la vida, mientras que ellas jugaban a la goma, la rayuela o la comba. Nos mezclábamos en el juego del pañuelo y por supuesto... en el escondite. Ahí, ya hacía yo lo posible para esconderme con Maricarmen. Y no me encontraba ni Dios.

Se jugaba y vivía en la calle y lo que no me acabo de explicar es como sobrevivimos a aquello y no nos partimos la crisma saltando el churro o en las batallas a pedradas en las guerras con tirachinas.

Pa habernos matao. 

07 enero 2026

La vida de un barrio.



Los que vivimos en un barrio y como es mi caso, en el mismo durante casi cuarenta años, nos conocemos todos de vista, igual no hemos tenido nunca una conversación pero nos reconocemos y de hecho, llegamos incluso a saludarnos al paso. Pues bien, hoy me he cruzado con una de esas personas a las que sólo conozco de vista y me ha llamado la atención la marca que va dejando el paso del tiempo, su declive y por lo tanto, el mío. No cabe otra.

Las que como nosotros llegamos al barrio siendo un matrimonio joven y con la ilusión de una vivienda recién comprada y hasta los ojos hipotecada, hoy están casi todos jubilados y son abuelos, las niñas que de pequeñas iban al colegio enfrente de casa o jugaban en la calle con las mías hoy son madres y algunas de chicos adolescentes, es el ciclo natural de la vida. Ahí sigue Carmen, la  que durante muchos años fue la directora del cole, Azu la de la farmacia, la que nos vendía el Aerored para los gases de la pequeña de mis hijas, Loli, la viuda de Tino de la que mis hijas dicen que no debe de tener piernas porque sólo la reconocen medio cuerpo al verla siempre asomada a la ventana, la viuda de Jimeno a la que desde hace muchísimo no vemos ni comprando el pan, el  bueno de  Manolo el Chileno al que durante años y años he machacado llamándole indio y maldiciendo a Don Diego de Almagro por descubrirle, mi vecino cocacolo al que ya se le va mucho la cabeza, Carmen la de Paco o Covadonga la del estanco. Todos forman parte del relato de mi vida.

Ya no están los columpios donde se criaron nuestros hijos, no está la tienda de Luis, quien mientras tu cogías la fruta o lo que fuera, desaparecía y tenías que ir al Ironside y traerlo por la oreja para que te cobrara, en su lugar hay una inmobiliaria, ya no está  el usurero que te la clavaba en el peso en cuanto te dabas la vuelta, hoy hay dos sosos a los que nunca he visto sonreír, quizás por eso no entro, la pelu de Luzma, centro neurálgico del barrio por donde pasábamos todos los días, para nada pero pasábamos, el gordo del Rama que quitaba los balones a los niños, ese local hoy se llama Marta ´s y nada tiene que ver, el bar de Pin que ponía una tortilla de diploma de honor, hoy en su lugar van apartamentos turísticos en proyecto, el Liverpool que lleva años cerrado hoy es un almacén, ya no está el "amargao" del Bejarano que estaba siempre enfadado por algo, tampoco Fernando el cura, el que dio la comunión a mis hijas y bautizó a mis nietas, mi amigo Ramón está muy mal y Enrique, el que llevaba a mi hija a ver los partidos del Racing de pequeñita apenas puede salir de casa.

Todo es diferente, durante muchos años todos formábamos parte del día a día de todos, de nuestras vivencias y relatos, ahora nada es igual, todo ha cambiado, todos formamos parte de la historia de todos, de las crónicas del barrio, del recuerdo de los belenes vivientes que hacíamos cada año, de las fiestas que organizábamos los vecinos por San Juan, de las tracas, las verbenas y romerías, de todo eso que ya no existe, ya no se hace y sólo es historia de un barrio..

Ahora, te cruzas con esas personas, con las que has compartido tu vida y la de tu barrio y la imagen del paso del tiempo te hace pensar y ni tan mal porque con con los que no coincides, es porque ya no están.

No pienso pensar.