Mediados de los 80, ni 25 años teníamos. Tampoco pasábamos frío... Como prendas de abrigo teníamos una chaqueta de tela sin forro a la que llamábamos "toldo" para cuando hacía fresco y el cuero, que pesaba más que una vaca en brazos para cuando el frío pelaba, allí no existía el verano y si lo había no me acuerdo, bueno también teníamos un traje de agua con el que aparte de mojarte casi lo mismo que sin él, no transpiraba y te calaba igual.
Las botas de montar no eran malas, eran peores, chupaban más agua que el cartón así que si no querías correr peligro de amputación te tocaba encargarlas a un zapatero de Macotera -Salamanca- que las hacía buenas y a medida. Doce mil pelas tenían la culpa.
No teníamos guantes de dotación, te daban unas manoplas de cuello alto y color marrón, así que si aspirabas a tener tacto en los dedos te tocaba soltar las perras otra vez. El casco era tipo "calimero" con orejeras desmontables, blanco con gafas sobre la visera y el pantalón de Tergal ceñido sin ningún tipo de protección.
Era mi primer destino como motorista, un Destacamento de Montaña, eso significa que en invierno no teníamos horario de servicio definido, estábamos todo el día de uniforme. Los seis bajo cero se pillaban con la gorra y las nevadas cerraban las carreteras de la demarcación con cierta frecuencia. Éramos esclavos del Puerto del Escudo, Carrales y el Páramo de Masa y cuando no teníamos que ir a rescatar a algún listo que no llevaba cadenas y se había quedado tirado en la cuneta, teníamos que llevar pan, butano o insulina a algún pueblo aislado o incluso como en una ocasión que tuvimos que acudir a sacar a una persona y llevarla al cementerio después de cuatro días fallecida en casa.
Como vehículos de dotación teníamos un Land Rover y un Seat Ritmo, el otro, el Ford Orión era intocable, no éramos dignos de su uso, ese era exclusivo del Sargento. También teníamos una tanqueta de cadenas. era de color rojo, se guiaba con dos palancas direccionales, iba a gasolina, llevábamos en el morro un bidón de treinta litros de "respeto" y siempre teníamos que llevar las puertas abiertas del humo que metía dentro, siempre y cuando quisieras sobrevivir a una muerte por intoxicación claro... Un trayecto de unos diez kilómetros podría tranquilamente llevarnos tres horas si no pasaba nada en el trayecto que ya era un éxito.
También padecíamos algunas cosillas propias de la época, no teníamos el día libre nunca en fin de semana o como que el Sargento se llevara las llaves de los coches a casa para evitarte la demoníaca tentación de no pasar frío al iniciar el servicio a las seis de la mañana. Muy majo el hombre, tanto que jamás olvidaré su nombre y teniendo en cuenta que era una población de las más al norte de la provincia de Burgos, pues como que no se ganó un busto en la plaza de mis recuerdos precisamente.
A primeros de septiembre empezábamos a picar leña para el invierno, no teníamos calefacción, ventanas aislantes ni nada parecido, las paredes criaban musgo de la humedad y hacía tanto frío que se nos congelaba el aceite de la despensa. Y así para escribir un libro.
Miro fotos de la época, pienso en ello, en aquellos años jóvenes y lo primero que me viene a la cabeza es... "¡ni de coña vamos! patrás ni pa coger impulso". Antes me hago el muerto.








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