Durante los veintiocho últimos años de mi carrera profesional me tocó danzar con lo peor de la profesión. el inmiscuirme cada dos por tres en la tragedia ajena para averiguar el "qué, cómo, quién, cuándo y porqué" ha pasado, tenía que poner negro sobre blanco y esclarecer los hechos sucedidos en su totalidad, me tenía que meter hasta dentro de su vida, familia, amistades y entorno.
No los conté pero fueron muchos, cientos quizás y cada uno era una historia única nunca un caso más, era un drama que cambiaría la vida de otros para siempre. Era mi trabajo en el Servicio Marítimo, era el responsable del negociado y puedo asegurar que por mucha repetición de los casos en los que intervine, la situación es tan tóxica que nunca te acostumbras. Es imposible. Aparece en la mar el cuerpo de una persona, haces la inspección ocular, procedes al levantamiento, lo trasladas al depósito y tras identificarlo, te toca avisar a la familia e investigarlo. Ahí empieza todo, donde todo acaba.
Pero hoy quiero recordar un caso diferente, uno que siempre recordaré e hizo que me sintiera muy bien, contento y realizado. Un día regresando a mi Unidad, en las inmediaciones de nuestras instalaciones vi a un operario apeado de la pala retro con la que trabajaba cargando camiones de chatarra que una grúa de gran altura descargaba de la bodega y depositaba en tierra. Estaba llorando con evidentes gestos de desesperación, acababa de tener una conversación con alguien que abandonaba el lugar en un coche. Me acerqué a él, quería saber si se encontraba bien, si necesitaba algo o simplemente si podría ayudarle, no sé, me acerqué y punto.
Le acababan de comunicar de la empresa que tenía tres meses para sacarse el carnet de conducir de la clase B, un cambio legislativo obligaba a su tenencia aún no circulando por una vía pública abierta al tráfico rodado como era el caso. De no conseguirlo tendrían que despedirle. Había un problema, que no sabía leer ni escribir.
El "Quillo", como a partir de entonces le llamamos en mi Unidad era muy moreno, alto, muy grandón y no usaba manga larga en todo el año, daba escalofríos verlo en invierno con camiseta. Era de Cádiz, había trabajado siempre en el campo y como picador de toros, más de 120 kilos de buena gente. Vino a Santander por amor y aquí se quedó. Hacía maravillas con la pala, tenía una precisión en su manejo propio de un concurso de televisión pero, no tenía carné que le habilitara para su manejo.
Tras charlar con él un rato me fui a la Unidad para seguir trabajando pero desde la ventana seguía viéndole, hablaba por el móvil caminando inquieto y muy nervioso. No podía dejar de mirarlo, no podía concentrarme en mi trabajo así que no se me ocurrió otra cosa que coger el coche y trasladarme hasta la Jefatura Provincial de Tráfico, Si lo pienso no lo hago. Fue un impulso.
Una vez allí pregunté por la persona responsable del Negociado de Conductores y en unos minutos me recibió en su despacho. Yo no sabía qué hacía allí ni por dónde empezar, estaba allí de uniforme, no estaba allí delegado por el mando, no era un asunto oficial y mucho menos particular lo cual hubiera sido muy feo por mi parte, era algo que quería contar a alguien que pudiera hacer algo de forma urgente por él y tampoco sabía si eso sería posible.
La persona que me atendió cuyo nombre jamás olvidaré se mostró altamente receptiva, se apeó del cargo institucional y la aplastante rutina del funcionariado y me escuchó detenidamente. La puse en situación, hablamos de ello unos 15-20 minutos para al final, encomendarme a que se pasara por allí y preguntara por ella. Quería hablar con él.
Bajé de nuevo a mi Unidad y allí seguía él, en mitad del muelle pero esta vez continuando con su trabajo, cargando camiones de chatarra. Le hice un gesto para que parara un segundo y le comunique que al día siguiente tenía que presentarse en la Jefatura de Tráfico y preguntar por esa persona. Hasta ahí mi intervención. Luego supe que tuvo un examen condicionado con método "visual", audios, vídeo y diapositivas, el práctico de maniobras y el de conducción.
Unos veinte días después más o menos se presentó en mi oficina emocionadísimo, con una sonrisa de oreja a oreja, con el carnet provisional de conducir en su poder y un Renault Megane de segunda mano en la puerta, me decía que le había salvado la vida, que nunca soñó con poder tener coche ni permiso de conducir, que estaba muy agradecido y no sabía cómo pagármelo, lo que no sabía el Quillo es que yo ya me lo cobré, que yo estaba más feliz que él.
Fue de lo más bonito y de las cosas que más feliz me han hecho en cuarenta años de profesión. Fue y es una bonita historia.









