16 enero 2026

Cosas de antes.



Cuando los hoy jubilados éramos pequeños se hacían cosas digamos que peculiares, es que no se me ocurre otra forma de llamarlas, por ejemplo, si te operaban de las anginas, que por cierto te las arrancaban a pelo, nada más salir te compraban un polo de hielo ¿?, si tenías que ir al médico te tenías que cambiar de calzoncillos si o si (aunque fueras al dentista), en los cumpleaños todos merendábamos lo mismo, la tarta de galletas con chocolate, hoy la llaman tarta "de la abuela" como si fuera un postre michelín tres estrellas. El día en cuestión llevabas caramelos para repartir en clase, eran de café con leche o como se conocían por entonces "toffe con leche de burra", pero caramelos de los de entonces, de aquellos que venían envueltos con lacito a cada lado y se pegaban a los dientes que no había forma de arrancarlos sino con el tiempo de disolución marcado por el fabricante. También había otros que eran muy duros, casi imposible de partir con los dientes y rellenos de piñones. Por cierto los primeros se derretían con el calor y entonces ya era imposible comértelos sin papel.

Sólo a partir del día que te afeitabas por primera vez dejabas de usar pantalones cortos, ese día salías a la calle mirando por encima del hombro con la piel irritada y apestando al Varón Dandy de tu padre. Se nos obligaba a ir a misa los domingos y al regreso a casa tu padre te hacía preguntas trampa para saber si habías estado. Si se te caía un trozo de pan al suelo tenías que persignarte y besarlo antes de comértelo, de no hacerlo te infectabas. Si comías más de tres dulces te salían lombrices por el culo y no podías engañarte contándolos porque luego te picaba el orto...

Todos éramos amigos del que tenía bici y siempre había alguno al que hacías un favor y le cambiabas tu bocadillo de salchichón por el suyo de chocolate, éste también tenía muchos amigos hasta después de merendar. Los chavales jugábamos al fútbol en cualquier lado, sólo hacía falta un balón, a las canicas, las chapas, las tabas, la peonza o al frontón con la pelota más codiciada que había, la verde de zapatos "El Gorila", aquella duraba toda la vida, mientras que ellas jugaban a la goma, la rayuela o la comba. Nos mezclábamos en el juego del pañuelo y por supuesto... en el escondite. Ahí, ya hacía yo lo posible para esconderme con Maricarmen. Y no me encontraba ni Dios.

Se jugaba y vivía en la calle y lo que no me acabo de explicar es como sobrevivimos a aquello y no nos partimos la crisma saltando el churro o en las batallas a pedradas en las guerras con tirachinas.

Pa habernos matao. 

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