Espero no ser el único que convive, sufre y calla ante es trastorno compulsivo o como se llame eso por parte de la que manda en casa..., vamos a ver, que en mi casa, que yo sepa somos dos, ella y yo, a lo sumo, cuando vienen hijas, arrimados y nietas nos juntamos ocho, hasta ahí, pues bien, si abres el cajón de los cubiertos parece que aquí vivimos por lo menos cuarenta y tres. Los tenedores ya no caben en su apartado y se montan sobre las cucharas, los cuchillos lo invaden todo y lo de las cucharillas de café ya no tiene nombre pero lo curioso del caso es que yo sólo y siempre utilizo la misma cuchara, el mismo tenedor que por cierto es el rey de los tenedores porque es el único que pincha como tiene que pinchar un tenedor y el mismo cuchillo, el cuchillo que corta, el puto amo de los cuchillos, el resto para untar mantequilla.
Hay cucharas hondas, llanas y esdrújulas, hay tenedores gordos, pesados y romos, el único que se libra es el mío y cuchillos... cuchillos hay para montar un museo, los hay de sierra, para carne, de pescado, para pan y para cuarenta pollos que salgan de los Campos del Racing y se quieran pasar por aquí a cortar el pan del bocadillo.
Abajo hay otro cajón pero con ese ya no me atrevo, ahí están los cubierto de madera para cocinar, las tijeras del pescado, los cazos, las espumaderas, un exprimidor de limón, un hacha, espátulas varias, la batidora, dos o tres lenguas de gato, un rallador, un par de sacacorchos, un picador de ajos, un tapón de plástico para el vino y la de Dios, ese no me atrevo a abrirlo no sea que luego no lo pueda cerrar, que ya me pasó.
El armario de la vasija, parecido. Catorce platos llanos, dieciocho hondos y trece de postre y el caso es que seguimos siendo dos. Abres el horno y hay dos rustideras, una aceitera, una sartén sólo para tortilla de patata, otra muy pequeña que dice que es solo para freír huevos, otra grande y gorda en la que cocino yo y otra sin estrenar que no se puede ni mirar. Cerrar la puerta del horno es milagroso.
Abrimos el armario de al lado y eso ya es la sodoma y gomorra transparente, la lujuria de cristal, un auténtico desenfreno ya que como no caben todos los vasos en una de las baldas los coloca metidos uno dentro de otro hasta tres alturas, unos treinta más o menos. En la balda de abajo están las tazas de desayuno, hay muchas y de muchas clases, también unas dentro y sobre otras por si se les ocurre venir a toda la clase de mi nieta pequeña a tomar el colacao con leche. Y así todo.
Y eso, que no se yo cómo definir ese trastorno de acumulación compulsiva cuando en casa como he dicho y que yo sepa, somos sólo dos, y yo, con mi cuchara preferida y el tenedor que pincha voy sobrao.
Un toc de esos será, no sé, supongo.

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