03 agosto 2026

Un viaje interminable



En la parte de adelante estaba el "maletero" y en su interior la rueda de repuesto que prácticamente se comía su capacidad así que mi padre la sacaba para colocarla después en la parte superior de la baca, sobre las maletas.

Aquellas maletas eran de material digamos que "raro", con trinchas de cuero con hebilla y esquinas forradas de latón, el relleno del maletero modo tetris y amarre de las maletas era todo una ceremonia en la que mi padre lanzaba la cuerda por encima tres o cuatro veces de un costado a otro del coche y mi madre la aguantaba hasta que él las anudaba.

Salíamos de casa muy pronto, prontísimo y entre el madrugón y la emoción del viaje yo no pegaba ojo. En un Seat 600 viajamos mis padres, mi hermana, cualquiera de mis tíos y yo, y entre los pies iba la bolsa con unas  fiambreras metálicas cuyas tapas eran los platos, unos de color azul y otros verdes que se cerraban con unas trabillas de presión. También nos acompañaba un palo que había fabricado mi padre para levantar y aguantar el capó cuando se calentaba en exceso el motor. 

Aquello era toda una aventura. De San Sebastián a mi pueblo en un 600, sin autovías y con abanicos como único método para mitigar el sofoco. El viaje interminable.

El coche era una auténtica horterada, amarillo con detalles negros, matrícula de Vitoria y sin letra, los cristales de los ocupantes de adelante se subían y bajaban por manivela pero los de atrás nada, esos tenían una pestaña que permitía una ligera abertura pero por su parte posterior, vamos que no entraba ni gota de aire. 

Los asientos eran de skay color marrón, con muchas roturas de desgaste en su superficie que nos lijaban las piernas. La primera parada siempre en el Monumento al Pastor, en la provincia de Burgos, donde cuando menos llevábamos cuatro horas de viaje después de atravesar doscientos mil pueblos y ochocientos puertos, primera estacada a las fiambreras, bocadillo de tortilla de patata o filete empanado, a elegir pero los dos ni de coña que no nos llega.

Había que atravesar Madrid para luego coger la carretera de Extremadura, no sé ni cómo no nos dio nunca un golpe de calor, hoy todavía lo sudo en el recuerdo, aquello era un puchero con ruedas y pasábamos más calor que un cura en Agosto. Llegábamos al pueblo a última hora de la tarde, casi de noche después de unas 14 o 15 horas de viaje y en la puerta de casa mi abuela esperando, sentada sobre el taburete de corcho y vete a saber desde cuando, riendo de alegría sin parar mientras por sus ojos brotaban lágrimas de emoción.

Hoy lo he recordado viendo en televisión una noticia sobre los viajes y las vacaciones de verano y comparando sin querer, evidentemente, nada que ver, aquello era otra historia, era una aventura agotadora y sudorosa pero muy entrañable, tanto que de aquellos viajes hay escenas que quedan agazapadas en la memoria para siempre, escondidas entre el sabor de los momentos felices.

Aquello sí que era un viaje, un viaje interminable.


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