Esa gente que hace venir a la camarera desde la otra punta de la terraza para pedirle y sin favor un vaso de agua. Gente como ésta me hace pensar y esto es así hasta el punto de llegar a dudar de ciertos valores sobre la igualdad entre las personas, el derecho a la vida y la protección de algún que otro constitucionalmente amparado, por no decir que directa e inmediatamente le cruzaba la cara con un sopapo retro impulsado hasta los 180º que los dientes le iban a hacer la ola..
Casos así se evitarían con formación desde pronta edad, bastaría como que todos los chavales llegados a cierta edad trabajaran como camareros algún verano de su vida y así, en vez de tocarse los cojones durante dos meses, recibirán clases de exigencia de respeto al trabajo, visión, trato y manejo sin ganas de estúpidos y muertos de hambre, nula educación y absoluta carencia de todo, aprenderían echando leches y lo dice uno que fue fraile antes que cura, aunque me saliera del seminario y no llegara a diácono.
La hostelería es una facultad de psicología vital, tres meses de experiencia y te gradúas para siempre en detección de gilipollas, estúpidos y mal educados a los que ves llegar antes de entrar hasta el punto de acertar lo que te va a pedir.
También está el que levanta la mano y sentado en la terraza te chistea para que le mires, el que te tutea sin conocerte de nada desde la supuesta superioridad que como cliente se asigna, el que te pide tres cafés a cada cual más enrevesado, un cortado manchado con sacarina y leche sin lactosa, un descafeinado en vaso, de máquina con leche sin espuma y muy caliente y un café con leche en taza pequeña largo de café y con muy poca leche y desnatada. Son momentos en los que echas de menos el napalm y más, cuando tras serviles, la tonta peripuesta acompañante se queja de que la leche está fría.
Eso es ser camarero, una profesión que marca y distingue sin margen de error retrasados mentales, mal educados, hijos de puta y gente que no debería compartir espacio con la humanidad.

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