La vida no te enseña, las cosas son como vienen y unas se solucionan, otras no. Cuando tus hijos vienen al mundo te ves invadido por su vulnerabilidad, esa indefensión tan bella que te monta en una montaña rusa de emociones a cada cual más contraria a la vez que hermosa. Los miras con orgullo por haber sido capaz de traer al mundo algo tan bonito, ilusamente hasta consideras tuyo el mérito. De la alegría al miedo, del mirar enamorado al temor nocturno de tener que comprobar si respira e incluso a despertarle cuando duerme para tranquilizar tu prioridad, es una rutina vital por las que pasamos todos y que el tiempo jamás borrará por lo bello de esos momentos.
Pasan los años y tus preocupaciones son las suyas y tuyos sus problemas, el alivio de sus inquietudes no vienen con el manual de instrucciones, pero se solucionan, simplemente se solucionan. Vienen los conflictos de la adolescencia, la frustración escolar, el desencanto de sus expectativas y tú como padre poco puedes hacer, sólo estar, pero se solucionan, no sé cómo, no aparece en el manual pero se solucionan. Las cosas tienen su curso natural y los padres no podemos cambiarlo, son como vienen, no tenemos varitas mágicas, no somos supernada, sólo padres. Nada de poderes sobrenaturales.
La vida va corriendo y las cosas van viniendo. Anoche estuve con mi padre en un box de Urgencias del Hospital, ese hombre que yo veía como supermán, que lo arreglaba todo, que incluso una vez le vi solucionar un problema mecánico del seiscientos con un trozo de papel de plata de un paquete de Ducados, ese hombre del que todos me dicen que tanto me parezco, ayer casi no podía respirar, estuvo todo el día enchufado a un nebulizador, con unos esfuerzos ímprobos en cada bocanada. Un hombre con miedo en su expresión, sin voz y sin mirada.
Las cosas van viniendo solas y decía que no hay manual de instrucciones para ser padre, pero tampoco para ser hijo, es muy difícil digerir que tu padre no te conozca, no reconozca tu voz, no te mire, que ese Superman que todo lo arreglaba hoy apenas tenga masa muscular, ese ser corpulento, decidido y de carácter al que tanto dicen que me parezco hoy no pesa más de 45 kilos, pasa sus horas rumbado enchufado a un nebulizador e inhalando corticoides para poder respirar a duras penas. Es muy difícil, muy duro.
Nadie te enseña a superar la vida, mi padre de eso no debía de saber tampoco porque me lo habría enseñado, como hizo para otras tantas cosas pero, las cosas son como vienen, no todas se solucionan y encima vienen sin manual de vida.

2 comentarios:
Dale un abrazo de mi parte y otro para tí
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