30 octubre 2025

Los tobillos de la Cerda.


Los jóvenes de mi edad sentimos cierta orfandad sensorial, sólo nos queda el recuerdo de lo escleroso de aquello, que se guarda con campanillas y diez candados en el viejo paladar de la memoria, exquisiteces de entonces.

Hoy nada es igual porque todo es políticamente sano, limpio y por ende diferente y ésto no lo digo por estar poseído por algún trastorno puntual de ánimo, almorranas ni chorradas de esas, es porque lo de antes, refiriéndome a mi mocedad... hoy no existe, eran sabores artesanos, manuales, eternos y contrariamente por ello, extinguidos. Eran finales de los 70 hasta el 83 que entré como diácono en la Sacra Congregación. No hace tanto.

La bocadillos de tortilla de patata que hacía "La Cerda" en Peña Herbosa (no me pregunten obviedades por favor) era única tanto en sabor como en mugre acumulada en las uñas y tobillos de la mellada dueña, pero merecía la pena, bocata maravilloso en todos los sentidos sobre todo si no te fijabas en ella con el mínimo detenimiento. Vamos, si no la mirabas.

El gigante y relleno champiñón sobre rodajita de pan bañado en su moje del bar "El Toboso" en la calle Cuesta del que se podían hacer filetes, los mejillones en salsa del Bar Moro en Marqués de la Hermida, donde no se veía el suelo por la existencia de tanta servilleta de papel de aquellas que repelían y hacían de todo menos limpiar el morro.

Las rabas de Gelín en "Vargas" que lo mismo me da si eran de calamar, choco, pota abisal o cualquier otro cefalópodo conocido o no, lo que puedo asegurar es que aquellas nada tenían que ver con cualesquiera otras, ni de coña. Eran las mejores rabas del mundo y punto.

Las por entonces innovadoras hamburguesas de Heildelberg en la Calle del Medio donde ponían una mostaza riquísima que nunca más volví a catar o ya más cercano en el tiempo, las del siempre sudoroso y enfadado Manolo en la calle Guevara. Hasta arriba de cebolla a la plancha, tomate y lechuga, sin mariconadas, con kechup y mostaza al gusto en envase de plástico de medio litro rojo o amarillo, como toda la vida, como debe ser. Impresionantes.

Los sangüiches California del pasiego del Bar "El Teleférico" que siempre miraba al escote de tu novia mientras tomaba nota, los cruasans a la plancha del café "San Siro", el único sitio en mi vida en el que he visto un limpiabotas en plantilla, hombre que por cierto siempre vestía de negro y daba un yuyu de cojones porque era clavadito a Christopher Lee, aquel que interpretaba a Drácula. Ahora que me acuerdo, allí disfruté del memorable 12-1 a Malta.

El "Agua de Valencia" en Perines que encastañaba sólo con olerlo, la empanada de pulpo para morirse del "Cantabria" en el Río La Pila, los cubatas en el "Tetos" en la calle Pedrueca, que por cierto aún los recuerdo a 100 pelas, el local de la OJE donde podíamos tomar lo que fuera pero no nos dejaba fumar por no tener los 18, las patatas atómicas de la "Rana Verde" que aún hoy existe pero nada que ver con aquello y los pepitos de chorizo a la plancha del "Eros" en los bajos de El Casino, donde era un espectáculo porque los dos camareros estaban siempre discutiendo y mandándose a tomar por culo mutuamente. Uno atendía a la gente y el otro jurando en la plancha, muy entrañable todo.

Esta contemporánea y melancólica ingesta de lípidos en salsa de morriña es la que a los jóvenes de mi edad nos ha dejado huérfanos y sobre todo nostálgicos de aquellos triglicéricos manjares, aquella mugre aún hoy sin cicatrizar en mi memoria, aquellos indecentes tobillos..., en fin que los de mi generación nos criamos entre pringosas y a veces tan guarras como bellas artes culinarias.

Somos héroes anónimos. O algo parecido.


02 octubre 2025

TDLC.


Existe el TDH, el TDA y el TDLC, los dos primeros tienen tratamiento, una pastillita, tiempo y a correr. El paciente TDLC tiene una patología de imposible curación, es aquel al que te encuentras en el portal cuando sales del ascensor cargado con cinco cajas y no te aguanta la puerta y mucho menos te abre la del portal obligándote a dejar en el suelo la carga para poder salir a la calle mientras él/ella entra en el ascensor pasando olímpicamente de ti. es el/la que te cruzas en la calle y automáticamente coge el móvil para no tener que dar un "hola" y el que para evitar subir juntos en el ascensor sube andando hasta el primero para hacer uso del mismo después.

Pues eso que el TDLC es un mal educado pero patológicamente diagnosticado como Tonto De Los Cojones.

14 agosto 2025

¿Dios?




Estaba dándome una vuelta por las webs de Policías x Valientes que preside mi buen amigo Toni Villar y la de Todos Somos Ivan de mi compañero "Puli", es un tema con el que no puedo. Me supera.

Eso de que "todo pasa por algo" así como lo de la "muerte no es el final", no lo entiendo y necesito que me lo expliquen. En algunos hechos tiene interacción directa el ser humano, los accidentes, las putas guerras etc pero... yo quiero saber por qué una criatura que ni siquiera ha hecho la primera comunión tiene una enfermedad que hace que lleve puesto un pañuelo que cubre su cabeza rapada, por qué un niño tiene que tener tan incierto destino sin empezar a vivir y cómo le explicamos a unos padres eso de que la muerte no es el final...

Mi madre, desde el Covid, ve y escucha la misa los domingos en la tv, cuando coincido por allí a esa hora me da mucha envidia verla seguir el protocolo de la ceremonia con una solemnidad absoluta, es creyente y se agarra a ello desde siempre con una fe inquebrantable pero cuando le pregunto el porqué de los porqués, solo sabe decir que porque así lo quiere Dios, pero eso no me vale, no hay Dios que pueda querer algo tan terrible para nadie. 

Respeto absoluto a los creyentes pero si es así, no tiene perdón de Dios.



05 agosto 2025

Blanco o negro.

No hace tanto tiempo o es cosa mía no sé. Parece que fue ayer cuando  se pasaba todo el día en la calle, íbamos solos al colegio y veníamos a casa a por la merienda a la voz de la madre por la ventana. 

Chupábamos regaliz de palo y polos Colajet o Drácula en verano, en invierno no se vendían helados. Mascábamos palotes de fresa y los domingos gastábamos la paga en un Bony o Tigretón si te llegaba para ello claro... Jugábamos a chocar dos bolas unidas por una cuerda que podían partirte la muñeca, a los Juegos Reunidos,  el Yo-Yo de Coca Cola, fútbol en la calle con el más gordito de portero, el pañuelo, el sanchesky, el tirachinas, al churro-mediamanga, carreras a dos atados, la peonza, las canicas o con patines metálicos con dos correas que pesaban un quintal.

Si tenías un reloj Casio y llevabas pantalón largo es que habías hecho la primera comunión. En la escuela usábamos escuadra, cartabón, porta-ángulos y transportador, estuche con pinturas, lápices y goma azul y roja de Milán, el diccionario era Sopena. Había una clase en la que teníamos que recortar chapa de "okumen" con una sierra de "segueta", a aquello se le llamaba Formación Pretecnológica, qué cachondo el nombre. Por cierto "los pelos" se partían ellos sólos. 

Hacíamos cuadros con macarrones, alubias y garbanzos que pegábamos por "Pegamento y Medio", cuadros de hilos que unían pequeñas puntas clavadas sobre madera, tablas de conexiones eléctricas que por delante mostraban un mapa de España o un esqueleto con nombres de ciudades o de huesos que teníamos que unir correctamente para que se encendiera la bombilla, algunas veces pintábamos con acuarelas de agua figuras de escayola que por lo general quedaban irreconocibles.

El papel higiénico "El Elefante" era lija para las futuras almorranas, los tapetes  de mesita blancos y de ganchillo, nadie teníamos teléfono, los Tebeos viajaban de casa en casa, no había tele hasta las seis de la tarde y enseguida empezaba Valentina y el Capitán Tan, Locomotoro y los Chiripitifláuticos, mientras la madre escuchaba a Elena Francis en radio.

Qué curioso... cómo pasa y cambian los tiempos, en los 70 éramos libres para entrar o salir, no pasaba nada. no había nada que temer, de hecho todo ha cambiado, ha cambiado tanto que hemos pasado del blanco y negro... al blanco o negro.

Por todos mis compañeros y por mí primero.

27 julio 2025

Inteligencia natural.




    La calculadora fue un buen invento eso está claro, aunque yo creo que con ella o sin ella jamás en la vida tuve yo necesidad de hallar la f de x cuando equis tiene al infinito y no digamos la tangente, el seno o el coseno de nada. 

    En mi años de estudiante, hasta COU y va que arde, yo fui de letras, de los tontos, de los de lengua y literatura. filosofía, historia del arte y lenguas muertas, las matemáticas las odiaba tanto o más que a los garbanzos de los sábados. Si no fuera porque me tuve que machacar un tocho infumable como "La Regenta" de Clarín podría asegurar que aquello me gustaba.

    El entender el mundo de Descartes, Platón o Tales de Mileto, los comentarios de texto de Calderón de la Barca, la observación arquitectónica del Románico Palentino, las declinaciones del latín  y el pensamiento griego te obligaban a pensar, vamos a lo que viene a ser usar la inteligencia natural, aunque luego acabaras vendiendo hamburguesas en un MacDonald, pero tenías que pensar. Inciso, por entonces no existía MacDonald, pero estaba "Chus el Guarro" que preparaba unos perritos de muerte.

    Hoy existe eso de la "Inteligencia artificial", confieso que la he probado y estoy en condiciones de asegurar que eso es "pa tontos", le preguntas por el gótico y te hace un resumen en cinco segundos y encima te pregunta si lo quieres en formato redacción escolar o informe profesional, si quieres que te recomiendo música gótica, libros, ropa o el sunsuncordan, lo que yo te digo, pa tontos.

    Luego le digo la marca, modelo y color de la moto que tengo y que me haga una caricatura de ella, con la mar de fondo, montañas y nubes... La madre que la parió.... lo clavó en dos minutos.

    Me parece a mi, que esto de la inteligencia artificial nos aparta y puede resultar muy peligroso, hace lo que le pidas, desde un denso informe de la mortalidad de los cangrejos machos en Madagascar al esquema de lo que necesites, desde una caricatura de quien quieras a un montaje fotográfico o vídeo imitando su propia voz con los personajes que elijas haciendo lo que tu digas y con tal perfección que no podrás diferenciar qué es verdad o mentira. Muy peligroso,

    Yo soy de letras. Me quedo con la inteligencia natural.

19 julio 2025

Veo veo...


¿Qué ves? Veo un cenicero de Cinzano, triangular, metálico, con hendiduras en cada esquina para posar por el filtro el cigarrillo de Ideales, un portavelas de cobre oscurecido por el tiempo, una mesa camilla con falda y tapa blanca de ganchillo, un botijo de barro sudado, una botella de Pitiusa rellena de vino tinto, un gallo "portugués" que anuncia el tiempo, un mandil a cuadros y un chaleco de tela negra de donde asoma la cadena de un reloj de bolsillo. 

Veo un calientacamas con un palo muy largo, un brasero de picón, un sofá de escai marrón con tres cojines verdes. Veo pan teñido de rojo patatero, higos chumbos sin pelar, peladuras de sandía para los cochinos, un Seat 600 amarillo matrícula de Vitoria, una tabla de fregar, una artesa para la matanza, una silla de esparto y un taburete de corcho.

Veo una barandilla donde jugamos girando como pollos, unos columpios de hierro con las cadenas teñidoras, una peonza girando impulsada por una cuerda cuyo tope entre los dedos lo compone una moneda de dos reales, veo tres canicas de cristal, un futbolín de figuras de madera atravesadas por un eje grasiento, unas bicis girando en un tiovivo y un quiosco de golosinas.

Veo en el suelo unos cuadros pintados de tiza blanca, numerados del 1 al 8 donde mi hermana y sus amigas saltan con una o las dos piernas mientras cantan, hasta girarse sobre sí mismas y volver al inicio. Veo partidos de fútbol en El Cristo con chapas de "El Litri", caramelos de café con leche de Solano, coches de choque, un puesto de carabinas de aire comprimido, una tómbola, una carpa de circo, una peli de Tarzán en el cine y una manzana bañada en caramelo rojo...

Veo veo, ¿qué ves?

18 julio 2025

La navajilla.


Tengo una navajilla que ni es navaja ni es ná, es un ente que pulula por alguno de mis cajones y de vez en cuando, muy de vez en cuando aparece y se deja ver justo cuando busco otra cosa, cualquier otra cosa menos a ella.

Ni es navaja ni es ná, es más, le falta la mitad de la hoja porque sin saber cómo, dónde ni cuándo debió de partirse en dos pero ahí está, tras más de treinta años que la tengo ahí está, sin filo, no pincha ni corta y como ya no se abren cartas ... pues ni eso. 

Hoy, buscando algo que ya no me acuerdo la encontré, lo que buscaba ya no importa, la encontré semi escondida entre cargadores de móvil, teléfonos viejos, cables, barras de incienso, cedés con fotos, un bote de Nivea, una caja de pilas y una cámara de fotos del Pleistoceno, ahí está, mostrándome su existencia, recordándome que ahí sigue, donde algún día debí de dejarla, no lo sé, supongo, sólo sé que hace años, muchos años que la tengo y sólo por eso seguirá ahí, entre cargadores de móvil, cables y pijadas, donde un día volveré a encontrarla y  me sorprenderá de nuevo recordándome que existe, que está ahí.

No es navaja ni es ná, no tiene filo, le falta media hoja, no pincha ni corta pero es mi navajilla y ahí seguirá estando y lo hará porque un día, hace años, muchos años..., me la regaló mi padre.

08 febrero 2025

Mi héroe.

Evidentemente nada es como era, ni los sábados siquiera. Por entonces para mí eran cuando menos diferentes. En la mesa camilla de la cocina, mientras a mi espalda silbaba sin fin la humeante olla express con aquel apestoso aroma a garbanzos, yo hacía los deberes del colegio.

Todos, absolutamente todos los sábados preparaba mi madre el puto cocido de garbanzos, creo que de ahí me viene esta poca querencia hacia ellos, debe ser lo que hoy llaman "trauma de la infancia", lo sea  no, a ello me acojo para no poder ni verlos.

Al terminar los deberes y mientras cruelmente oía por la ventana jugar a mis amigos en la calle, mi madre, con la esperanza de criar a un futuro médico, arquitecto a bogado o lumbreras cualquiera, me hacía tragarme el programa de televisión "Cesta y Puntos", un concurso a donde acudían los más empollones cara tristes con gafas de cada colegio, que lo mismo te traducían a Tito Livio que te resolvían un logaritmo neperiano o una integral imposible. Pobre ilusa...

Sobre la una del mediodía venía mi tío Domingo a buscarme para ir a comer y pasar la tarde en casa de mis abuelos. Cogíamos en autobús en Venta Berri y nos bajábamos en el Boulevard, y con él, en uno de aquellos bares de la Parte Vieja de San Sebastián probé mi primera cerveza. No me gustó nada, es más, no soporte ni el primer trago de su amargura y cuando le dije "no sé cómo te puedes beber ésto" me contestó con su indisimulable sonrisa... "Ya me lo dirás cuando seas mayor". Muchas de las veces que nos vemos lo seguimos comentando y se acuerda.

Con mi tío Domingo compartí gran parte de mi infancia y adolescencia hasta los quince años, hasta por falta de espacio llegamos a dormir juntos en la misma cama. Mi tío era lo mejor de los sábados, me tenía en cuenta, me hacía sentirme mayor y además me llevaba a estar con mis abuelos, no se le podía pedir más. Él me compró mi primera equipación futbolera, me contaba cosas, me escuchaba y encima, me rescataba y libraba de los garbanzos.

Mi tío Domingo era mi héroe.

03 febrero 2025

Nada nos pasó.



Cuando yo era pequeño y después de los deberes salía todas las tardes solo a la calle y allí me trincaba el bocadillo para merendar que por lo general era de fuagrás, chorizo de Pamplona o Nocilla. Mi madre me llamaba a voces desde la ventana y en coma tres estaba de nuevo en el parque como con prisa por vivir.

Había que cruzar la calle para ir al parque y por allí pasaban coches, no muchos pero pasaban. Más de un frenazo provoqué y de hecho, uno de ellos me costó ir hasta casa casi sin tocar el suelo mientras mi padre, presa de los nervios me azotaba en el culo agarrándome por el brazo del que levitaba.

En el parque jugábamos a las canicas, sólo José Manuel tenía bici, había un columpio para tres usuarios, un arco del que colgarse boca abajo y un balancín con dos asientos encontrados. Todo de hierro oxidado pero suavizado por el uso. En el centro había un árbol con doble tronco en forma de uve que hoy recuerdo muy alto pero seguro que no lo era y donde nos jugábamos el tipo escalando cada día.

Si se te caía el pan al suelo lo recogías, sacudías la tierra, lo soplabas, le dabas un beso y ya te lo podías comer, no pasaba nada.

Como hermano mayor tenía derecho para sentarme en el asiento delantero del coche con mi padre, no existía el cinturón de seguridad, a veces Polo me montaba en su moto si me agarraba bien y por supuesto sin casco de protección. Me mandaban a por vino y tabaco al bar,  no usaba crema solar en la playa y disparaba perdigones de plomo del cuatro y medio a una diana con una carabina Norica que aún hoy conservo colgada en la pared de mi garaje, no pasaba nada.
La televisión era en blanco y negro y sólo había dos canales, la primera y la segunda. No existía el vídeo ni el mando a distancia, no teníamos teléfono en casa ni en la calle había cabinas. Los vecinos cuidaban de los hijos de todos, la puerta de mi casa no tenía cerradura y yo pasaba a casa de la Señora Carmen como si fuera la mía.

Las vacaciones significaban interminables viajes contando por el camino toros de Osborne en el seiscientos amarillo de mi padre hasta llegar al pueblo y con paradas para comer, merendar y a veces hasta cenar, casi siempre tortilla de patata y filetes de lomo adobado, todo previamente preparado por mi madre y apilado en una fiambrera metálica metálica que cerraba por su parte superior con tres ganchos de presión y que tenía varios platos de colores que hacían de tapadera, nada de tapergüares. Una botella de vino para mi padre y agua del grifo para los demás.

En el colegio, los lunes (no se escandalicen) se cantaba el himno nacional y los viernes por la tarde tocaba rezar el rosario. Don pantaleón nos arreaba en los nudillos con una vara de madera en forma de cuadradillo, el conserje tenía derecho reconocido para tirarnos y estirarnos las orejas y don Domingo fumaba puros Farias en clase y no pasaba nada.

Así pasamos la infancia, siempre con heridas en las rodillas, viviendo con prisa, con Ricardito de portero y en libertad. 

Y nada nos pasó.


28 noviembre 2024

El cuenco blanco.



Mi abuelo Domingo no se afeitaba por la mañana ni por supuesto a diario, de hecho le recuerdo siempre con una barba de varios días, canosa y de pelo muy duro.

En el corral, sobre una balda de madera y encima de la puila de lavar tenía una especie de cuenco de esmalte blanco, de pequeño tamaño, con el borde superior de color azul, sin asas y descascarillado por varios puntos y clavado en la pared, un espejo que colgaba por una cuerda de una alcayata oxidada.

Cada equis días y cuando al caer la tarde regresaba a casa junto a mi tío Faustino de trabajar, tras lavarse en la pila, vestido con pantalón y únicamente una camiseta blanca de tirantes... empezaba el espectáculo.

Mi abuela le rellenaba el cuenco con agua caliente y tras empapar bien la brocha en su interior, la frotaba una y otra vez haciendo círculos sobre sobre un jabón de afeitar de forma cilíndrica de la marca "La Toja". Yo alucinaba viendo cómo brotaba la espuma de aquella mágica brocha de pelo blanquinegro, era toda una alucinación ver cómo blanqueaba su cara con aquella brocha de mango anacarado.

Luego cogía la "Filomatic", un dispositivo metálico que girándolo por su base se abría para acoger una hoja de afeitar de doble filo, de aquellas "Gillette" de toda la vida. Con aquello barría la espuma de su cara pasándola de arriba a abajo y de abajo arriba varias veces. La dureza de aquella barba quedaba delatada `por un peculiar sonido que aún duerme en la memoria del oído. Lo del masaje facial posterior con "Varon Dandy" lo dejo para mí, una colonia que creo no haber vuelto a oler nunca pero que no dudo que cuando así sea me recordará a él.

Luego me tocaba a mi, me enjabonaba la cara casi hasta la altura de los ojos y tras retirar a mis espaldas la "Gillette", me daba el espejo para verme mientras me pasaba la "Filomatic" por la cara como antes había hecho él, me masajeaba como lo había hecho él y me regaba de "Varón Dandy" como él.

Yo me sentía mayor, con apeñas siete u ocho años ya era mayor. Aquel cuenco de esmalte blanco descascarillado, de pequeño tamaño, sin asas y con borde de color azul era nuestro, de mi abuelo y mío.

De nadie más. 

21 septiembre 2024

Qué jodido es...



Tengo muchas que contarte Papá, muchas. En todo este tiempo han pasado muchas cosas, hechos y cosas buenas que te hubiera gustado saber y te alegrarían, de las que gusta compartir. 

Te hablo cada día, te digo que prepares el coche, que nos vamos pero aunque me oyes no me escuchas, no me atiendes ni entiendes. Todos los días lo mismo, cada día ruego tu mirada hasta conseguirla pero cuando lo haces es de una forma perdida, lejana, triste e indiferente. Casi prefiero que no lo hagas.

Qué jodido es hablarte esperando sin fe un algo que nunca me das, besarte y  que no lo sientas, que me apartes la mano para jugar con los flecos de tu manta... 

Qué jodido es sentirte derrotado cada día, perder lágrimas de forzada fortaleza y disimularlas como si fueras a darte cuenta. Qué jodido es.

Qué jodido es saber que no estás, que para ti no estamos, que no podemos hacerte llegar el sentimiento que te profesamos, que no, que a todo intento es un no.

Hoy es el Día del Alzheimer, para nosotros es todos los días, todos y cada uno de los días del año, sin faltar ni uno sólo a tu compañía.

Nunca te gustaron mi tacos Papá, ojala me pudieras reñir pero... que cruel e hija de la gran puta es esta enfermedad Papá.

Qué jodido es esto...





22 mayo 2024

El mechero de mi abuelo.



En el patio, junto a la pila y la tabla de lavar recuerdo en el suelo un capazo negro de goma, con restos de cemento seco y en su interior puntas oxidadas, una cuerda enrollada en un palo, una llana, alguna paleta, una gran brocha, un cincel que pesaba mucho y una vieja madera para rasear. Toda la herramienta bastante vieja, oxidada y con las empuñaduras muy rugosas, salpicadas de humildad a borbotones. Mi abuelo Domingo era albañil.

Recuerdo que tenía un mechero de los de verdad, de los de mecha anaranjada, algo fascinante para mí, un invento que me llamaba muchísimo la atención y con el que nunca me dejó enredar. Verle liar un cigarrillo era toda una ceremonia que me embelesaba y él lo sabía. El tabaco lo contenía una petaca de cuero muy usada y casi negra que agitaba suavemente para depositar con sumo cuidado las hebras sobre la preparada concavidad de la palma de su mano mientras entre los dedos mantenía el papel de fumar. Maravilloso.

Normalmente lo hacía en la mesa camilla del zaguán, en camisa de tirantes blancas de las de toda la vida, recién afeitado y lavado al regreso a casa después de todo el día trabajando. Los que le conocieron me hablan de lo buena gente que era, de los favores que hizo a pesar de la necesidad y de su habilidad como albañil. Yo le recuerdo como abuelo al que adoraba y admiraba, pasando el cigarrillo recién liado por la punta de la lengua, sentado en una silla de mimbre, en la camilla del zagúan, con camiseta blanca de tirantes y sacando chispas de aquel fascinante artilugio de mecha anaranjada, algo para mi tan hermoso como prohibido.

 En eso estaba pensando, en el mechero de mi abuelo.

21 mayo 2024

Terapia del vivir.


Lo de las noticias de la tele no tiene nombre, los titulares de los informativos es a cada cual peor, llaman la atención del espectador con la trampa de la guerra, los asesinatos, las muertes de inocentes, la normalidad de la tragedia ajena y la basura entre políticos de mierda. Hasta la previsión del tiempo da asco.

El ansioso tono del periodista que lo narra busca la inquietud, la congoja de una situación que generaliza en busca de mantener la atención de los espectadores. Todo sea por mantener la audiencia.

Apagamos la tele y en un involuntario gesto miramos la agenda del móvil y vemos todo lo que tenemos por delante esta semana, consultas médicas, fisio, llamar a, reservar en, consultar con… todo por hacer y mucho en lo que pensar. Demasiado. Dan ganas de volver a encender la tele.

Nada nos separa de la realidad, piensas en lo que te gustaría poder hacer, esperas ansioso ese momento, ya sea tu partida semanal de padel, tute o petanca, o como en mi caso coger la moto y escapar, poner en fuga la mente, ir a cualquier lugar que me llene de paz hasta hacerme parecer un auténtico gilipollas ante el mundo.

Eso que separa cuerpo y alma, que nos protege de la realidad y los presentadores de los informativos, que nos borra las obligaciones de la agenda, inyecta pasión y ralentiza la vida se llama terapia del vivir, un lugar que seguro que existe donde no pensar y no escuchar ni al hombre del tiempo.

 

20 abril 2024

De milagro.



Viendo el percal y mirando atrás no parece que fueran otros tiempos, más bien otra era. Éramos pequeños hasta que dejábamos los pantalones cortos, poco antes del primer afeitado y nos enseñaban que la razón del profesor era incuestionable, que el asiento del autobús se cedía a los mayores, que si se te caía un trozo de pan al suelo había que besarlo antes de meterlo en la boca, que si tocabas un cuchillo te salían cuernos, que sólo podías pegar para defenderte, que el bocadillo de fuagrás te ponía más fuerte y la verdura te ayudaba a crecer.

Que si una persona mayor te reñía algo habrías hecho, que había que dar siempre los buenos días al levantarte, que había que santiguarte al salir a la calle, que al zumo de naranja se le escapaban las vitaminas, que si sudabas tenías que abrigarte para no coger frío y si veías la tele de cerca te quedabas ciego.

Que si te tragabas el chicle se te pegaba en las tripas y te podías morir, que la digestión duraba tres horas, que si no te secabas el pelo te ponías malo, que si comías muchos polos te salían anginas, que si te rapaban el pelo te salía con más fuerza, que si no bebías leche se te partían los huesos y cosas de esas.

No existían los cinturones de seguridad, se iba en bici sin casco, perdíamos los dientes en las carreras de sacos, declarábamos la guerra a pedradas, te sentabas delante en el coche con tu padre, salíamos solos a la calle, se fumaba en los hospitales, ibas a comprar vino y tabaco para el abuelo, en la playa no usábamos crema solar y jugábamos disparando balines de plomo del cuatro y medio con la carabina de aire comprimido…

En fin, lo dicho, que viendo el percal y mirando atrás, no sé cómo estamos vivos, o si, de milagro.

15 marzo 2024

A veces.



Sus días, detenidos en el tiempo, no son claros, son grises con un tono de perversa realidad y no es por el clima ni la luz, es porque sus jornadas no conocen la diferencia, no reconocen el ayer ni piensan en el mañana, no tienen más recorrido que cada instante, cada momento, el que borra al inmediatamente anterior.
A veces sonríe, pocas, pero todos los días tienen su rato, su buen rato, su paseo sorteando los peligros de las tapas de alcantarilla, agarrado fuertemente a la mano que le sujeta mientras protesta por el paso de los coches. A veces se le olvida y no puede andar de memoria, las piernas no obedecen al instinto de lo mecánico pero otras sí, y lo hace mirando al suelo, agazapado entre frases sin sentido que siempre tienen razón, con la importancia del momento vivido, el que ya ha pasado, el que ya no existe.
Hace tiempo que perdió los filtros y eso le hace auténtico, sin tapujos ni compostura, sin allanar lo que le viene en mente para siempre expresar su verdad, su sentir pronunciado desde la ternura de su bondad e inocencia.
A veces lo lee y a veces se lo inventa, da igual, nadie se lo va a discutir, a veces está en la nada y a veces también pero siempre tiene razón, a veces más y a veces... toda.



11 marzo 2024

Me da igual


Se le está olvidando leer pero mira los "santos", no identifica imágenes, los peces son flores y un barco una tortuga pero da igual. No cuenta más allá de cinco, las galletas Oreo son amarillas, hoy le duele la chaqueta, no le gusta el cacharro ese y le da miedo que le corten las uñas, pero da igual.

Contesta sin sentido a preguntas que nadie le hace, no coordina frases con ideas ni pensamientos con palabras pero habla, me dice cosas y charlamos, nada significa lo que piensas y no pienso en lo que significa, nada tiene sentido, da lo mismo, el habla y está contento, es feliz.

Mira fijamente, con la oscura profundidad del vacío y la pureza de su inocencia.

 Se enfada por lo que sea pero inmediatamente se le olvida, él no ha dicho lo que acaba de decir, a todo el mundo habla, a todos mira y todos le sonríen. Todos le conocen. Mañana ya vendrá, hoy vengo contento, mi padre es más feliz que una perdiz, lo demás me da igual.. 



07 marzo 2024

Chalecos acolchados.



Hoy tenía dentista a determinada hora pero la torrija matinal me hizo pensar que era media hora antes, así que me senté al sol a ver pasar la vida un rato. Frente a mí, sentada en un banco, una mujer a la que no le llegaban los pies al suelo compartía tan higiénica misión.
La gente pasa, viene y va, unos suben, otros bajan pero curiosamente, todos con cara de enfadados, la gestoforma facial habla por sí sola. Todo Dios cabreado.
Un tonto a las tres que baja a toda leche con un patinete eléctrico entre la gente, un "papito" de más de 65 tacos cogido de la mano de una mujer que no pasaba de los 40, tres jubilados que arreglando el mundo se sientan en el banco de al lado y discuten entre ellos a ver quien la suelta más gorda, una mujer que pasa con la franja del bolso de Bimba y Lola atravesada hablando por teléfono, lo hace con su hija, de lo que se entera todo el que con ella se cruza, una chica que recoge con una bolsa negra en la mano los excrementos calentitos de su perrito, dos extranjeros que pasean empujando cada uno una bici de alquiler, un hombre de mediana edad que camina lentamente con su madre de la mano, dos piraos de la vida en mallas que corren al trote con auriculares, el motocarro de los de Parques y Jardines aparcado en mitad del paseo, el menguado del ciclomotor que pasa con el casco puesto como cocotera y a escape libre, un matrimonio muy mayor que evidencian la indefensión de la edad,  una chica que chatea con el móvil mientras camina, una "sueca" con pañuelo en la cabeza y falda larga que enreda ente la basura con un gancho en la mano y con lo que en su día fue un carrito de bebé al lado, el camión de agua de Solares que aparca sobre la acera para descargar y servir a los bares de la zona, una chica extranjera que pasea a una señora mayor en silla de ruedas y mucho chaleco acolchado, chalecos acolchados hasta en la sopa.
Y así pasa la vida mientras llega mi hora, la de entrar al dentista digo.

24 febrero 2024

Cosas que no son cosas.


Tiene miedo a ponerse de pie, al ruido de los coches al pasar, a las tapas de alcantarillado que suenan al pisarlas y pánico a salir del ascensor. No le gusta que le enreden en la ropa, que le toquen las orejas ni le quiten la gorra. Se quiere cargar al pianista cada vez que le escucha, le aburre caminar entre pasillos, se cabrea y sólo busca un lugar donde sentarse.

Le encantan las mandarinas, las galletitas y las pastas de té. Cada día disfruta del primer chocolate de su vida, los bombones son tornillos, persigue con la vista lo que quiere, cualquier cosa le encanta, a nada hace ascos y todo lo saborea en su máxima intensidad.

Siempre está tranquilo, siempre a gusto y "feliz", se frota en círculo las manos antes de aplaudir cinco veces en vertical mientras silba. No tiene filtro y de vez en cuando suelta por su boca alguna barbaridad que a los diez segundos ha olvidado, que niega haber pronunciado mientras arranca sonrisas a su alrededor.

Nunca fue tan cándido y entrañable, algo bueno tenía que tener esta hija de puta de enfermedad, a aquel hombre de carácter, recio y recto hoy le encantan los niños a los que en su vida se fijó, trata a todo el mundo con una mirada tan cariñosa que inspira ternura y hace de su dependencia un arma de devoción ajena. Su presencia proyecta un sentimiento de amor auténtico, puro y verdadero, de cosas que no son cosas.



22 enero 2024

La caja de Julián.



Años 70 en San Sebastián. Cada vez que Julián venía por casa no era para nada bueno. Siempre traía en la mano una caja metálica, vieja, del tamaño aproximado de poco más de un paquete de tabaco, no tenía bisagras y la tapa se aseguraba con una goma elástica ancha de color oscuro.
Yo no lo perdía de vista ni un segundo, era el enemigo y su presencia en mi casa era simplemente terrorífica. En aquella caja paseaba el arma más temida.
Quitaba la goma con parsimonia y abría la caja con redobles en mi mente mientras hablaba con total naturalidad con mi madre, como si yo no existiera.
Era Julián, el practicante, y sacaba la jeringuilla como quien desenfundaba el 9 largo. Aquel arma de cristal sin brillo, casi traslúcido, estaba protegido por una especie de encaje metálico de color del cobre y le acompañaba un juego de agujas a cada cual más gorda y larga.
Yo padecía mucho de anginas así que cada poco pasaba Julián por casa y venía a lo que venía, sin miramientos, no se andaba con rodeos. Por entonces no nos daban jarabes Dalsy, sobrecillos con amoxicilina ni mariconadas de esas, no había compasión, jeringuillazo de Benzetacil que además previamente tenía que comprar mi madre puesto que no teníamos Seguridad social y pis pás, y ojito que no uno. que podían ser una inyección al día durante tres o cuatro. Éramos auténticos niños legionarios.
El modus operandi era siempre el mismo, lo que delataba al autor de aquel atentado. Armaba la jeringuilla con su aguja, que más que aguja parecían lanzas, rompía por su cuello un pequeño recipiente que contenía un líquido transparente que luego succionaba con la jeringuilla, seguidamente quitaba el precinto metálico del botecillo de los polvos, atravesaba con la aguja la goma rosa que lo tapada y vertía el líquido en su interior. A esas alturas yo ya estaba boca abajo, rezando y con más miedo que un perro en China. Aquello si que era morder la almohada.
Ahora es cuando cogía el bote con la mezcla y lo agitaba durante veinte o treinta segundos antes de volver a meter la aguja para aspirar la pócima. Eso siempre lo hacía con el bote boca abajo y a una altura por encima de la cabeza.
El pinchazo en la nalga lo disimulaba con unos cachetitos previos para darte confianza y despistar pero al cuarto o quinto... te la clavaba hasta el tornillo, porque aquellas agujas tenían una especie de tornillo dorado en su parte posterior y no quiero saber para qué. Una vez estocado, enchufaba la jeringuilla invadiendo mis adentros con aquel infernal Benzetacil que entraba quemando mi inocencia hasta la rodilla.
Luego venía la cojera, aquella experiencia era un trauma periódico que te dejaba la nalga todo el día dolorida y la pierna acojonada por simpatía y cercanía durante horas, andando al ritmo de Luis Aguilé y con la mano en el culo.
Aquel era Julián, el hombre de la caja metálica.


20 enero 2024

Malos sueños


Hay días que me levanto muy cansado, cansadísimo. Me agotan, no llegan a ser pesadillas pero si sueños muy desagradables que se repiten con demasiada frecuencia.

Me despiertan alertado, con una sensación de sobresalto, vértigo y lágrimas en los ojos, entonces, bebo agua e ilusamente intento de reprogramarme diciéndome a mí mismo que tengo que soñar con otra cosa, que tengo que cambiar de tercio y seguir durmiendo, pero es que no es un sueño, es una vivencia que llevo pegada a mí desde hace muchísimos años y de vez en cuando, me da la noche para restarme paz.

Una mañana de hace mucho tiempo, nos avisaron de que mi abuela ya estaba muy mal y deberíamos ir para allá cuanto antes. Doscientos kilómetros no separaban de su casa.

Salimos en el Ford Fiesta de mi padre inmediatamente los cuatro. Era verano pero no hacía calor, era un trece de Agosto, un día silenciado, separado de los demás, raro, un día hecho a la medida para morir. No nos dio tiempo a llegar, entrando por la puerta de casa falleció, aún estaba calentita aunque yo no quise verla, no me atreví, mi tía Victoria me dijo que se había muerto con mi nombre en la boca, llamándome.

Tenía dieciocho años, era el mayor con diferencia de sus nietos y mi unión con ella era muy especial, única. Aquello no fue un mal sueño, fue verdad. Ha pasado mucho tiempo pero las repeticiones de aquello en mis malos sueños son demasiado frecuentes, aquella experiencia está adherida al alma, no se va, está ahí para putear entre mis recuerdos de ella, de su mandil a cuadros, pañuelo en la manga de su jersey, sus besos de metralleta y su risa contagiosa, ahí está el puto sueño, fiel al sufrimiento casi olvidado y que de vez en cuando se empeña en joderme la noche y robarme el día.